Hace mucho, mucho tiempo, en la antigua Grecia, cuando las estrellas todavía tenían nombres de dioses, las noches nunca estaban solas. Cada noche, mientras el mundo se apagaba, alguien muy callado emprendía un largo viaje para visitar a todos los que dormían. Esta es su historia. Ponte cómodo, respira despacio… y escucha.
Muy lejos, en el último rincón de la Tierra, donde el carro del Sol no llega nunca, hay una montaña envuelta en niebla. Allí no amanece del todo. La luz es siempre la de ese momento suave en que el día ya se ha ido, y la noche todavía no ha terminado de llegar.
En la ladera de esa montaña se abre una cueva. A su puerta crecen amapolas rojas, miles de amapolas, y hierbas que huelen a sueño. Y por debajo corre un río tranquilo, el Lete, el río del olvido. Su agua no ruge ni salta. Solo murmura, muy bajito, como quien cuenta un secreto.
En ese lugar no canta ningún gallo para despertar a nadie. No ladra ningún perro. Ninguna puerta cruje, porque la cueva no tiene puerta. Ni siquiera el viento se atreve a mover las ramas. Todo está en calma.
Dentro vive Hipnos, el dios del sueño. Duerme sobre una cama de madera oscura, de ébano, con un colchón de plumas negras, suaves como la noche. Tiene los ojos cerrados, y respira despacio… muy despacio. Y cada vez que respira, en algún lugar del mundo, alguien bosteza.
Alrededor de su cama flotan los sueños. Hay tantos como espigas en un campo de trigo, como hojas en un bosque, como granos de arena en la orilla del mar. Esperan su turno en silencio, como luciérnagas dormidas.
Hipnos tiene muchos hijos, pero tres son los más famosos. Fobétor, que en los sueños se convierte en animales: en pájaros, en caballos, en peces de colores. Fántaso, que se convierte en las cosas que no tienen voz: en mares, en montañas, en árboles y en nubes. Y el tercero, el más hábil de todos, se llama Morfeo.
Morfeo puede tomar la forma de cualquier persona. Imita su manera de andar, su cara, su voz, y hasta su sonrisa. Por eso, cuando en un sueño te habla alguien a quien quieres, quizá sea Morfeo, que ha venido a visitarte. Y tiene unas alas muy especiales: cuando vuela, no hacen ningún ruido. Ni un susurro.
Una noche, en una casita blanca junto al mar, una niña llamada Irene no podía dormir. Daba vueltas en la cama. Contaba las olas que se oían por la ventana: una, dos, tres… Pero sus ojos seguían abiertos, como dos lunas pequeñitas.
En su cueva, Hipnos respiró hondo, y Morfeo supo que alguien lo necesitaba. Abrió sus alas silenciosas y salió volando. Cruzó la niebla, pasó por encima de montañas dormidas y de pueblos con las luces apagadas, y llegó hasta el mar, donde la luna dibujaba un camino de plata.
Entró por la ventana de Irene sin hacer ruido. En la mano llevaba una amapola, mojada en el agua del Lete. Con mucho cuidado, le rozó los párpados… una vez… dos veces… Y los ojos de Irene empezaron a pesar, y a pesar, como cuando uno se tapa con una manta calentita.
Entonces empezó el sueño. Fántaso convirtió el mar en un mar de estrellas. Fobétor se convirtió en un delfín azul, que la esperaba en la orilla. Y Morfeo tomó la forma de un viejo marinero de voz tranquila, que le dijo: «Sube, Irene. Esta noche vamos a navegar por el cielo».
Irene se agarró al delfín, y juntos nadaron entre las estrellas. Pasaron junto a la Osa Mayor, que dormía hecha una bola, y llegaron hasta la Luna. Allí, Selene, la diosa de la luna, les sonrió, y les iluminó el camino de vuelta con su luz de plata.
Cuando el cielo empezó a teñirse de rosa, porque Eos, la aurora, abría las puertas del día, Morfeo supo que era hora de volver. Antes de que llegara el carro del Sol, voló de regreso a su cueva, junto a su padre, a descansar hasta la noche siguiente. Irene seguía dormida, con una sonrisa. Y cuando despertó, recordaba un delfín azul, y un mar lleno de estrellas.
Y esta noche, Morfeo también ha salido de su cueva. Ya ha cruzado la niebla. Ya vuela, sin hacer ruido, por encima de tu casa. Así que cierra los ojos… respira despacio… uno… dos… tres… y deja que te traiga tu sueño más bonito.
Buenas noches.