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SEMOCORP

Para dormir · Cuento mitológico

Morfeo, el que
trae los sueños

Un cuento de la mitología griega para leer en voz alta o escuchar con la luz apagada. Empieza en una cueva donde nunca amanece y acaba, si todo va bien, con los ojos cerrados.

5 minutos Desde 3 años Mitología griega
Morfeo volando con sus alas delante de la luna llena

El cuento narrado, con música e ilustraciones, en el canal SemosMS de YouTube.

Hace mucho, mucho tiempo, en la antigua Grecia, cuando las estrellas todavía tenían nombres de dioses, las noches nunca estaban solas. Cada noche, mientras el mundo se apagaba, alguien muy callado emprendía un largo viaje para visitar a todos los que dormían. Esta es su historia. Ponte cómodo, respira despacio… y escucha.

Un pueblo de casas blancas junto al mar, de noche, con la luna llena

Muy lejos, en el último rincón de la Tierra, donde el carro del Sol no llega nunca, hay una montaña envuelta en niebla. Allí no amanece del todo. La luz es siempre la de ese momento suave en que el día ya se ha ido, y la noche todavía no ha terminado de llegar.

En la ladera de esa montaña se abre una cueva. A su puerta crecen amapolas rojas, miles de amapolas, y hierbas que huelen a sueño. Y por debajo corre un río tranquilo, el Lete, el río del olvido. Su agua no ruge ni salta. Solo murmura, muy bajito, como quien cuenta un secreto.

La cueva del sueño en la ladera de una montaña, con amapolas rojas y un río tranquilo
La cueva de Hipnos, junto al río Lete.

En ese lugar no canta ningún gallo para despertar a nadie. No ladra ningún perro. Ninguna puerta cruje, porque la cueva no tiene puerta. Ni siquiera el viento se atreve a mover las ramas. Todo está en calma.

Dentro vive Hipnos, el dios del sueño. Duerme sobre una cama de madera oscura, de ébano, con un colchón de plumas negras, suaves como la noche. Tiene los ojos cerrados, y respira despacio… muy despacio. Y cada vez que respira, en algún lugar del mundo, alguien bosteza.

Hipnos dormido en su cama de ébano, rodeado de sueños que flotan como luces

Alrededor de su cama flotan los sueños. Hay tantos como espigas en un campo de trigo, como hojas en un bosque, como granos de arena en la orilla del mar. Esperan su turno en silencio, como luciérnagas dormidas.

Hipnos tiene muchos hijos, pero tres son los más famosos. Fobétor, que en los sueños se convierte en animales: en pájaros, en caballos, en peces de colores. Fántaso, que se convierte en las cosas que no tienen voz: en mares, en montañas, en árboles y en nubes. Y el tercero, el más hábil de todos, se llama Morfeo.

Morfeo puede tomar la forma de cualquier persona. Imita su manera de andar, su cara, su voz, y hasta su sonrisa. Por eso, cuando en un sueño te habla alguien a quien quieres, quizá sea Morfeo, que ha venido a visitarte. Y tiene unas alas muy especiales: cuando vuela, no hacen ningún ruido. Ni un susurro.

Morfeo volando con sus alas silenciosas delante de la luna llena

Una noche, en una casita blanca junto al mar, una niña llamada Irene no podía dormir. Daba vueltas en la cama. Contaba las olas que se oían por la ventana: una, dos, tres… Pero sus ojos seguían abiertos, como dos lunas pequeñitas.

En su cueva, Hipnos respiró hondo, y Morfeo supo que alguien lo necesitaba. Abrió sus alas silenciosas y salió volando. Cruzó la niebla, pasó por encima de montañas dormidas y de pueblos con las luces apagadas, y llegó hasta el mar, donde la luna dibujaba un camino de plata.

Entró por la ventana de Irene sin hacer ruido. En la mano llevaba una amapola, mojada en el agua del Lete. Con mucho cuidado, le rozó los párpados… una vez… dos veces… Y los ojos de Irene empezaron a pesar, y a pesar, como cuando uno se tapa con una manta calentita.

Morfeo entra por la ventana y roza con una amapola los párpados de Irene, que se duerme

Entonces empezó el sueño. Fántaso convirtió el mar en un mar de estrellas. Fobétor se convirtió en un delfín azul, que la esperaba en la orilla. Y Morfeo tomó la forma de un viejo marinero de voz tranquila, que le dijo: «Sube, Irene. Esta noche vamos a navegar por el cielo».

Irene se agarró al delfín, y juntos nadaron entre las estrellas. Pasaron junto a la Osa Mayor, que dormía hecha una bola, y llegaron hasta la Luna. Allí, Selene, la diosa de la luna, les sonrió, y les iluminó el camino de vuelta con su luz de plata.

Irene a lomos de un delfín azul sobre un mar de estrellas

Cuando el cielo empezó a teñirse de rosa, porque Eos, la aurora, abría las puertas del día, Morfeo supo que era hora de volver. Antes de que llegara el carro del Sol, voló de regreso a su cueva, junto a su padre, a descansar hasta la noche siguiente. Irene seguía dormida, con una sonrisa. Y cuando despertó, recordaba un delfín azul, y un mar lleno de estrellas.

Y esta noche, Morfeo también ha salido de su cueva. Ya ha cruzado la niebla. Ya vuela, sin hacer ruido, por encima de tu casa. Así que cierra los ojos… respira despacio… uno… dos… tres… y deja que te traiga tu sueño más bonito.

Morfeo sobrevuela los tejados de una ciudad dormida, dejando un rastro de polvo de estrellas

Buenas noches.

El mito

Quién es quién en este cuento

La cueva del sueño la describe el poeta romano Ovidio en las Metamorfosis, hace dos mil años: las amapolas en la entrada, el río del olvido, el silencio sin gallos ni perros y la cama de ébano. Irene y su viaje en delfín son la parte inventada.

HipnosEl dios del sueño, hijo de la Noche. Los romanos lo llamaban Somnus.
MorfeoHijo de Hipnos. En los sueños toma la forma de las personas: su cara, su voz, su forma de andar.
FobétorOtro hijo de Hipnos, que aparece en los sueños como animal.
FántasoEl tercer hermano: se convierte en cosas sin vida, como rocas, agua o árboles.
El LeteEl río del olvido. Quien bebía de su agua olvidaba, y por eso se asocia con el sueño.
Selene y EosLa diosa de la luna y la de la aurora, que abre cada mañana las puertas del día.
Para leerlo en voz alta: ve más despacio de lo que te parezca normal y alarga las pausas de los «…». Al final, cuenta «uno… dos… tres…» respirando a la vez: el ritmo de tu respiración es lo que más tranquiliza.